También conocida como Galo Capitolino, esta pieza fue realizada por un autor desconocido de la Escuela de Pérgamo, en una primera etapa de esplendor coincidente con el reinado de Atalo I. El monarca ordenó realizar una serie de vencidos para conmemorar su triunfo militar en el año 225 a.C. Hoy solo podemos contemplar, como en el caso de tantas otras esculturas griegas, una copia romana realizada en mármol. Para esta etapa del helenismo no podemos hablar ya de una unidad de criterios: diversas escuelas regionales fueron desarrollando sus propias personalidades, que únicamente coinciden en la búsqueda de un mismo virtuosismo técnico, capaz de expresar la variedad de matices de la escultura de esta época. En el caso de Pérgamo, es muy notable el desarrollo de un carácter teatral que representa la grandilocuencia del poder que Atalo I impone sobre sus enemigos.
Un primer análisis permite advertir la búsqueda de un naturalismo en la representación, ya que se aprecia una meticulosa observación de la musculatura. No obstante, vemos también una exageración de la potencia física del héroe de la escena. Llama también la atención la clara composición triangular, que fue abundantemente utilizada en la escultura del helenismo y queda subrayada en esta ocasión por el significativo vértice del triángulo que marca la cabeza. La postura evidencia la derrota y la humillación en el último instante de su vida. La figura se completa con las armas que aparecen tendidas en el suelo, sirviendo al mismo tiempo de elemento de identificación como guerrero y como galo, y también como símbolo del final que se aproxima, de la última batalla que ya ha acabado para el guerrero. Es evidente el carácter teatral expresado en la resistencia imposible del protagonista, que se mantiene sorprendentemente erguido en su agonía. Por esto también la obra se recrea en una multiplicidad de puntos de vista que le dan una mayor riqueza, elevándola a un momento de barroquismo grandioso de la escultura griega. El movimiento parece haberse detenido en este instante de muerte. Los contrastes de luz y sombra producidos por la figura y los vacíos que enmarcan los brazos del galo añaden un patetismo a la escena, buscado en todos sus detalles. Así, tenemos al protagonista como una figura hercúlea que, en un gesto forzado, junta la fuerza física con la fuerza moral de morir con honor por sus convicciones. El galo queda plasmado como un desnudo, recogiendo así la tradición del carácter heroico de este tipo de representaciones. En cuanto a la esencia interna, posturas, formas, texturas, nos llevan a la evidencia del pathos aquí representado. Se pretende, además, transmitir un mensaje político, ya que la obra hay que entenderla en el contexto de la victoria sobre los galos, y no podemos desvincularla de otras como el Galo Ludovisi, también conocido como Galo suicidándose.
En esta escena de dolor y muerte, de muerte desgarrada, de soledad infinita, el galo prefiere perderlo todo antes de que otros se lo arrebaten. He aquí lo heroico del gesto del vencido que expira huyendo de la vergüenza de ser capturado por sus enemigos. Atalo I otorga de este modo una grandeza moral a su rival, que le engrandece a sí mismo como vencedor.