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El libro de la selva

Por fin, los elefantes empezaron a echarse, uno tras otro según su costumbre, hasta que solo quedó en pie Kala Nag a la derecha de la fila, y entonces empezó a balancearse lentamente, con las orejas hacia delante, para escuchar el viento de la noche, que soplaba muy suavemente sobre las colinas. El aire estaba lleno de todos esos ruidos nocturnos que, cuando ocurren a la vez, producen un silencio enorme: el roce de un tallo de bambú contra otro, el correteo de algo vivo entre los matorrales, el aleteo y los graznidos de un pájaro medio despierto (por la noche, los pájaros están despiertos durante mucho más tiempo del que nosotros creemos) y el murmullo del agua que cae a lo lejos, muy lejos. (...) Toomai el pequeño se volvió haciendo crujir el forraje, y vio la curva del enorme lomo recortada sobre la mitad de las estrellas del cielo; y, mientras la observaba, oyó, tan distante que parecía que aquella quietud atravesaba solo la punta de un alfiler, el juut-tuut de un elefante salvaje, un sonido como el de un cuerno de caza.




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