
En 1806, tras las aplastantes victorias de su ejército sobre los austriacos en Austelitz (1805) y los prusianos en Jena (1806), Napoleón se hallaba en la cúspide de su carrera política y militar. Su inmenso imperio contaba con Estados aliados como España, la Confederación del Rin (nueva denominación para la unión de los antiguos territorios del Imperio Alemán), la Confederación Helvética y Dinamarca. Su imperio incorporaba a Holanda, Bélgica, las Provincias Ilirias y Etruria, donde se encontraba la ciudad de Roma.
Dos poderosos enemigos, Inglaterra y Rusia, plantaban cara a la hegemonía de Napoleón. Desprovisto de la flota necesaria para invadir las islas británicas, tras la derrota hispano-francesa de Trafalgar (1805), Napoléon apostó por el Bloqueo Continental (1806). Con el objetivo de asfixiar económicamente a Inglaterra, y obligarla a capitular, se decretó el cierre de todos los puertos europeos a los navíos de bandera inglesa. La victoria sobre Rusia en la batalla de Friedland y la firma de la Paz de Tilsit (1807) eran un paso más en la consecución de sus planes.