
El Dos de Mayo dio origen a un imprevisto levantamiento nacional, que complicó sobremanera los objetivos del emperador Napoleón. Las juntas de defensa españolas reclamaron ayuda a los ingleses, que no vacilaron en enviar tropas a España. Lo que en un principio parecía una revuelta popular, se había convertido en una guerra en toda regla que mereció toda la atención de Napoleón. El emperador hubo de ponerse personalmente al frente de sus ejércitos para reconquistar Madrid. Un nuevo frente militar se abría en España, pero la lectura de la Guerra de la Independencia iba mucho más allá: el pueblo español servía de ejemplo a todas las demás naciones europeas oprimidas por la tiranía francesa.
Portugueses y austriacos, a los que pronto se unirían sajones y rusos, se convencían de la posibilidad de derrotar a la Francia napoleónica, espoleados por dos fenómenos de nuevo cuño, el nacionalismo y el liberalismo.