
Las puertas de Madrid se le abren de la mano de su cuñado Francisco Bayeu, que le promociona en calidad de pintor de cartones para la Real Fábrica de Tapices. La fábrica producía para la Familia Real y Goya pintaba sobre cartón las obras que más tarde se trasladarían al tapiz. En un género poco dado a la innovación, Goya destacó pronto gracias a un naturalismo más relacionado con los ideales de la Ilustración, que con el tardobarroco o el rococó predominantes.
Hasta 1791, pintará sesenta y tres cartones para El Escorial y El Pardo, donde las notas dominantes son el pintoresquismo, la gracia, la presencia de tipos castizos y, en ocasiones, un cierto aire melancólico. A pesar del reconocimiento de sus pinturas, no alcanzará ningún cargo administrativo hasta la edad de cuarenta años, cuando es nombrado Pintor de la Corte. Tres años más tarde, en 1789, ascenderá a Pintor de Cámara del Rey.