
A raíz de su nombramiento como Pintor de Cámara del Rey, Goya descubre una veta en la que destacará por encima de cualquier otro pintor de su tiempo, el retrato. La mayoría de personajes ilustres de finales del siglo XVIII pasará por delante de su pincel, desde los Duques de Osuna hasta los de Alba, desde Jovellanos o Moratín hasta Floridablanca o el General Ricardos, sin olvidar a los miembros de la Familia Real.
Sus retratos, sobre un fondo neutro, son excelentes estudios psicológicos donde no se descuidan los riquísimos detalles de las vestimentas. La Condesa de Chinchón (1797-1800) es uno de los mejores de esta fructífera época creativa, en la que también editará su primera serie de estampas, los Caprichos (1796-1798). Grabadas al aguafuerte, técnica en la que fue un consumado maestro, los Caprichos censuran los vicios y las costumbres de su época, desde la superstición al clericalismo. La célebre Maja desnuda, uno de los rarísimos desnudos de la pintura española, es también de esta época. Desgraciadamente, en 1792, una grave enfermedad deja a Goya sordo de por vida, lo que agriará su carácter y ahondará su faceta más introvertida.