
Se caracteriza por el retorno a la antigüedad clásica, griega y romana.
Los escultores españoles debieron desligarse de la imaginería tradicional, profundamente arraigada en el país. A este respecto, Carlos III prohibió la escultura en madera policromada, que hubo de sustituirse por mármol o bronce, materiales nobles que encajaban mejor con la tradición clásica. Relacionado con ello, disminuye la producción religiosa, en beneficio de esculturas destinadas a espacios públicos en forma de fuentes o monumentos conmemorativos.
Sólo en Madrid, destacan la fuente de Cibeles de Francisco Gutiérrez, la fuente de Neptuno de Juan Pascual de Mena, y el monumento en honor de Daoíz y Velarde, obra de Antonio Solá.