
Por debajo del rey se hallan los dos estamentos privilegiados, nobleza y clero que, entre otras prerrogativas, gozaban de exención fiscal, es decir, no pagaban impuestos.
Sus miembros ocupaban los principales puestos de la administración pública, militar y religiosa. La venta de cargos, práctica habitual en el Antiguo Régimen, así como su cesión en herencia, daba lugar a graves casos de corrupción y de ineficacia administrativa, que eran un serio lastre para el interés general del país.
Por este motivo, se constata en la Europa Occidental del siglo XVIII un intento de las monarquías por reducir los privilegios hereditarios de la aristocracia. Carlos III emprende una reforma social, que abole la prohibición del trabajo manual para hidalgos y abre el acceso a los cargos municipales a profesiones consideradas antes como deshonrosas.
Y aunque existían diferencias muy grandes entre la aristocracia de los distintos países europeos, la nobleza vivía de las rentas y consideraba el trabajo como un acto innoble y servil. La excepción la encontramos en Inglaterra, donde la pequeña y mediana nobleza (gentry) trabajaba con el fin de enriquecerse.