Extracto de Sartre donde profundiza sobre la existencia del ser.
Esa mujer que veo venir hacia mí, ese hombre que pasa por la calle, ese mendigo al que
oigo cantar desde mi ventana, son para mí objetos, no cabe duda. Así, es verdad que por
lo menos una de las modalidades de la presencia a mí del prójimo es la objetividad. […] si
esta relación de objetividad es la relación fundamental entre el prójimo y yo, la existencia
del prójimo sigue siendo puramente conjetural. Pero es no solo conjetural sino probable
que esa voz que oigo sea la de un hombre y no el canto de un fonógrafo, y es
infinitamente probable que el transeúnte que percibo sea un hombre y no un robot
perfeccionado. Esto significa que mi aprehensión del prójimo como objeto, sin salir
de los límites de la probabilidad y a causa de esta probabilidad misma, remite por esencia
a una captación fundamental del prójimo, en que este no se me descubrirá ya como
objeto sino como «presencia en persona». En una palabra: para que el prójimo sea objeto
probable y no un sueño de objeto, es menester que su objetividad no remita a una
soledad originaria y fuera de mi alcance, sino a un vínculo fundamental en que el prójimo
se manifieste de otro modo que por el conocimiento que tengo de él. Las teorías clásicas
tienen razón al considerar que todo organismo humano percibido remite a algo y que
aquello a lo que remite es el fundamento y la garantía de su probabilidad.
Pero su error
es creer que esa remisión indica una existencia separada, una conciencia que estaría detrás
de sus manifestaciones perceptibles como el noúmeno está detrás de la Empfindung
kantiana. Exista o no esta conciencia en estado separado, el rostro que veo no remite
a ella; ella no es la verdad del objeto probable que percibo. La remisión de hecho a un
surgimiento en relación gemelar en que el otro es presencia para mí, se da fuera del
conocimiento propiamente dicho –así se lo conciba como una forma oscura e inefable, del
tipo de la intuición–, en suma, en un «ser-en-pareja-con-el-otro». En otros términos, se ha
enfocado generalmente el problema del prójimo como si la relación primera por la cual
el prójimo se descubre fuera la objetividad, es decir, como si el prójimo se revelara
primero –directa o indirectamente– a nuestra percepción. Pero, como esta percepción,
por su propia naturaleza, se refiere a otra cosa que ella misma y no puede remitir ni a una
serie infinita de apariciones del mismo tipo –como lo hace, para el idealismo, la percepción
de la mesa o de la silla– ni a una entidad aislada situada por principio fuera de mi alcance,
su esencia debe referirse a una relación primera de mi conciencia con la del prójimo,
en la cual este debe serme dado directamente como sujeto, aunque en unión conmigo,
y que es la relación fundamental, el tipo mismo de mi ser-para-otro.