-La Revolución francesa asume poco a poco las ideas ilustradas con el fin de obtener un nuevo orden político que se base en el principio fundamental de la razón.
En Francia, como en toda Europa, se había mantenido durante muchos siglos el feudalismo, lo que producía una profunda desigualdad económica, social y cultural. La monarquía francesa, como antes la española, se había convertido en una fuerza extraordinariamente poderosa que había arruinado al país en continuas luchas por dominar Europa. París era una ciudad inmensa en la que la corte reunía todo el lujo imaginable, en perfecto contraste con la miseria de las capas más humildes de la población. Las desigualdades sociales impedían que germinase el espíritu de fraternidad que toda religión pretende y que, según la fe católica, debía alcanzar a todos, y no a una pequeña secta, como había sucedido con las comunidades americanas.
Francia sufría una vida social caótica. Mientras que las elites americanas querían, ante todo, mantener una ciudadanía homogénea, las elites francesas exigían una política racional que eliminara el caos social y organizara la vida de la sociedad entera. Mientras que en América el Estado se limitaba a poner de acuerdo a los diferentes parlamentos, en Francia el Estado, en las manos del rey, era muy poderoso y ahogaba a la sociedad con impuestos, intervenía sobre un territorio muy unificado, y se esperaba de él que regulara la vida de todos los hombres.
La previsión sensata había sido la de una Ilustración paulatina, progresiva; pero el presente puso ante los espíritus ilustrados una situación revolucionaria, para la que no estaban preparados. El antiguo Estado omnipotente se hundió y el vacío debía ser llenado revolucionariamente. La razón debía ir por grados, paso a paso, pero la Revolución, por el contrario, no podía esperar. De esta forma se le exigió a la razón ilustrada algo imposible, insensato para ella misma. Por mucho que los fines de la Ilustración fueran las consignas de la Revolución, esta no era el escenario previsto por la propia Ilustración.
El idealismo de los dirigentes de la Revolución prendió con entusiasmo en las clases populares y se transformó a menudo en exaltación incontrolada.