Antonio Meucci ideó el «telégrafo parlante» en 1855 para ayudar a sus compañeros a comunicarse cuando trabajaba como técnico en un teatro de Florencia, y lo perfeccionó para que su mujer hablara con él desde su habitación cuando se quedó paralítica. No tuvo dinero para patentarlo y presentó su invento a una empresa, que no le hizo caso, pero los materiales del invento cayeron en manos de Graham Bell, quien lo patentó y se llevó la gloria. Meucci demandó a Bell, pero murió sin ver reconocida su obra. Así, paradójicamente, el auténtico inventor del teléfono murió en la pobreza, mientras que Bell se hizo rico con el nuevo aparato.
En el año 2002, el Congreso de Estados Unidos reconoció que el inventor del teléfono no fue Graham Bell, como se había pensado tradicionalmente, sino Meucci.