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La prosa en la Edad de Plata. La prosa de la generación del 98

-La prosa de la generación del 98 está protagonizada por un fuerte desarrollo del ensayo, que recoge la preocupación por España. Asimismo, la novela alcanza notable relevancia, gracias a autores como Unamuno o Baroja.

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Pío Baroja (San Sebastián 1872-Madrid 1956)


 
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El pesimismo de Baroja

La ideología de Baroja, inspirada en parte en la filosofía de Schopenhauer, se caracteriza por el inconformismo radical y por la hostilidad contra la socied...

Pío Baroja y Nessi estudió Medicina en Madrid y Valencia. El título de su tesis doctoral, El dolor, estudio psicofísico, adelanta ya cuáles serán algunas de las preocupaciones de su obra. Ejerció durante dos años como médico en Guipúzcoa, pero posteriormente abandona esta labor y regresa a Madrid, en donde trabaja con su hermano en una panadería familiar. Pronto entra en contacto con el ambiente literario de la época y entabla amistad con Azorín. Finalmente, se dedica por completo a la literatura. Baroja fue un viajero; conocía numerosas localidades de España y de Europa. París fue uno de los lugares más visitados por el autor. Con el estallido de la Guerra Civil, se marchó a Francia, de donde regresó en 1940. Su personalidad se caracterizó siempre por una extrema timidez y por un carácter solitario.

Baroja fue un escritor muy prolífico; su actividad narrativa se refleja en más de sesenta novelas (muchas agrupadas en trilogías) y abundantes libros de cuentos. Asimismo, escribe ensayos, libros de memorias, biografías, teatro y poesía. Su producción suele dividirse en tres etapas:

La primera de ellas abarca desde 1900 a 1914 (año en el que comienza la Primera Guerra Mundial). Durante este período, Baroja escribe sus novelas más representativas, en las que se aprecia de forma más clara la estética del 98. Algunas de sus trilogías son las siguientes: Tierra vasca está conformada por La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909). En La vida fantástica se incluyen Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (1902) y Paradox, rey (1906). La lucha por la vida incorpora una de las novelas más famosas de Baroja, La busca (1904), en la que retrata con crudeza los bajos fondos madrileños. Completan esta trilogía Mala hierba (1904) y Aurora Roja (1905). La raza está compuesta por El árbol de la ciencia (1911), La dama errante (1908) y La ciudad de la niebla (1909).

A esta época pertenecen también novelas como César o nada (1910), Las inquietudes de Shanti Andía (1911) o El mundo es ansí (1912).

En la segunda etapa, de 1914 a 1936, Baroja publica obras en la línea de su época anterior, como La sensualidad pervertida (1920), y tres de las cuatro novelas agrupadas bajo el título de El mar: El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930). Pero este período está marcado fundamentalmente por obras de recreación histórica. Las Memorias de un hombre de acción (1913-1835), colección de veintidós novelas, son una crónica de la primera mitad del siglo XIX a través de un personaje real, Eugenio de Avinareta, antepasado del escritor.

La tercera fase de su trayectoria, a partir de 1936, constituye un momento de decadencia narrativa que Baroja dedica fundamentalmente a la redacción de sus memorias en los siete volúmenes de Desde la última vuelta del camino (1944-1949).

Algunas de las características más destacadas de Baroja son su capacidad para crear personajes y su soltura para describir las situaciones y escenarios en que la acción se desarrolla. La mayoría de sus personajes presentan un elemento común: su inadaptación al mundo. En algunos casos son inconformistas que se rebelan y luchan por cambiar la sociedad, pero generalmente acaban siendo seres sin esperanza, que reflejan el cansancio de vivir.

Como otros noventayochistas, Baroja refleja en sus obras la realidad de la época. El mismo autor lo expresaba en el prólogo de una de sus novelas: «el que lea mis libros y esté enterado de la vida española actual, notará que casi todos los acontecimientos importantes de quince o veinte años a esta parte aparecen en mis novelas». Asimismo, la obra de Baroja comparte la voluntad antirretórica de la estética del 98: las frases breves, el léxico sencillo...

Sus descripciones y diálogos producen sensación de naturalidad, responden a situaciones reales, incluso cuando los escenarios se sitúan en lugares fantásticos. Pero frente a la novela realista cerrada, firmemente estructurada y con tendencia a la objetividad, Baroja apuesta por una narración abierta y fragmentaria, en la que pueden integrarse elementos muy diversos, a menudo enlazados por medio de la figura de sus protagonistas. Asimismo, el narrador se implica en la historia mediante comentarios y adjetivos que la valoran. Baroja consideraba la novela como un género capaz de contener la reflexión filosófica, la descripción psicológica y, sobre todo, las anécdotas y aventuras. Por eso, en sus obras predomina la acción, narrada en un estilo sencillo de gran capacidad expresiva. La heterogeneidad de los elementos de la novela responde a una voluntad de aproximar este género a la vida.

El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia es una de las creaciones más significativas de Baroja. En ella el autor convierte en elementos novelescos muchos acontecimientos de su propia biografía. En la historia de su protagonista, Baroja refleja su estancia en las aulas, su breve experiencia como médico, la muerte de su hermano Darío, etc.

La obra narra la historia de Andrés Hurtado, un personaje que ve frustrados en sus experiencias todos sus sueños y sus expectativas. La universidad, el ejercicio de la medicina, su trato con los otros, el contacto con el ambiente rural y los acontecimientos que el destino le depara son reflejo de una existencia absurda y hostil que lo llevan al desengaño y a la depresión. Junto al protagonista destaca el personaje de Lulú, la muchacha con la que Andrés se casa y que le proporciona esperanza y un período de paz. Sin embargo, la felicidad que experimenta es tan solo un espejismo que enseguida se desvanece: la desgracia acaba con Lulú e inevitablemente también con el protagonista. Asimismo, Baroja individualiza a otros personajes, como al inocente Luis, el hermano menor de Andrés, o a su tío Iturrioz, con el que a menudo conversa. En la obra cobra también importancia el personaje colectivo: un abundante número de figuras aparecen en la novela constituyendo diversos ambientes.

El árbol de la ciencia está externamente dividido en siete partes, aunque presenta una estructura interna en la que se aprecian dos núcleos principales. El primero de ellos se centra fundamentalmente en las experiencias colectivas y generales de Andrés Hurtado. Sin embargo, tras la muerte de su hermano, la novela presenta un grupo de capítulos en los que el protagonista vive experiencias más individuales (el matrimonio, la espera de un hijo o la muerte) y se convierte en el sujeto de las tragedias y del sufrimiento que antes había percibido en los otros.

Esta novela es una de las obras más significativas de la estética del 98. En ella se presenta la descomposición de una España que camina hacia la destrucción ante la mirada despreocupada de su sociedad. En el retrato de la España de fin de siglo, Baroja dibuja un país pobre, ignorante, insolidario, para el que no parece existir solución posible. En este ambiente, se suscitan reflexiones que van más allá de las circunstancias históricas particulares; a través de la experiencia de Andrés Hurtado, el autor plantea la inutilidad de la existencia, el carácter inevitable del sufrimiento y la esencia cruel de la vida humana, que se convierte en una lucha constante.

Su título hace referencia al árbol que ocasionó la expulsión de Adán del Paraíso. Su protagonista, representante del ser humano reflexivo, es un fiel reflejo de esta vida desterrada de la felicidad, irremediablemente dolorosa. La ciencia y el conocimiento, el fruto que Andrés prueba para explicarse los misterios de la vida, no le aportan las respuestas que busca sino que intensifican su sufrimiento. Así se lo explica Iturrioz en la novela:

-[...] Tú habrás leído que en el centro del Paraíso había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era: probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán? [...] Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: «Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte». Y Dios seguramente añadió: «Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente, pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá» [...]

Pío Baroja

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