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Representación de La entretenida por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el Teatro Pavón de Madrid en 2005.

Miguel de Cervantes. Poesía y teatro

-Cervantes escribió poesía e intentó triunfar en el teatro sin conseguirlo. Entre su producción dramática destacan los entremeses, obras cortas que se representaban entre un acto y otro de una comedia.

 

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Entremés

La cueva de Salamanca, Miguel de Cervantes


Leonarda finge un amor extremo por su marido, Pancracio, pero en realidad oculta una relación ilícita con el sacristán Reponce. Cuando el marido ha de ausentarse por motivo de unas bodas, Leonarda y Cristina, su criada, conciertan un encuentro con sus amantes en la casa. Para celebrarlo, preparan una canasta con comida que estos les han enviado. Antes de la cita, llega un estudiante de Salamanca que les pide alojamiento durante la noche porque ha sufrido un robo. Las mujeres lo acogen, pero le advierten que no debe contar nada de lo que vea durante su estancia allí. Casualmente, Pancracio sufre un accidente con su carro y decide regresar a su casa, pues se ha quedado preocupado por la tremenda pena que su mujer decía sentir al verlo marchar. Al oír la llamada de Pancracio, los amantes se esconden en la carbonera. La intervención del estudiante en la escena desencadenará la cómica resolución del conflicto:


ESTUDIANTE. Si yo no tuviera tanto miedo, y fuera menos escrupuloso, yo hubiera excusado el peligro de ahogarme en el pajar, y hubiera cenado mejor, y tenido más blanda y menos peligrosa cama.

PANCRACIO. ¿Y quién os había de dar, amigo, mejor cena y mejor cama?

ESTUDIANTE. ¿Quién? Mi habilidad, sino que el temor de la justicia me tiene atadas las manos.

PANCRACIO. ¡Peligrosa habilidad debe de ser la vuestra, pues os teméis de la justicia!

ESTUDIANTE. La ciencia que aprendí en la Cueva de Salamanca, de donde yo soy natural, si se dejara usar sin miedo de la Santa Inquisición, yo sé que cenara y recenara a costa de mis herederos; y aun quizá no estoy muy fuera de usalla, siquiera por esta vez, donde la necesidad me fuerza y me disculpa; pero no sé yo si estas señoras serán tan secretas como yo lo he sido.

PANCRACIO. No se cure dellas, amigo, sino haga lo que quisiere, que yo les haré que callen; y ya deseo en todo estremo ver alguna destas cosas que dicen que se aprenden en la Cueva de Salamanca.

ESTUDIANTE. ¿No se contentará vuesa merced con que le saque aquí dos demonios en figuras humanas, que traigan a cuestas una canasta llena de cosas fiambres y comederas? [...] Digo que saldrán en figura del sacristán de la parroquia, y en la de un barbero su amigo.

CRISTINA. ¿Mas que lo dice por el sacristán Riponce y por maese Roque, el barbero de casa? ¡Desdichados dellos, que se han de ver convertidos en diablos! Y dígame, hermano, ¿y estos han de ser diablos bautizados?

ESTUDIANTE. ¡Gentil novedad! ¿Adónde diablos hay diablos bautizados, o para qué se han de bautizar los diablos? Aunque podrá ser que estos lo fuesen, porque no hay regla sin excepción; y apártense, y verán maravillas.

LEONARDA. (Aparte.) ¡Ay, sin ventura!; ¡Aquí se descose!; ¡Aquí salen nuestras maldades a plaza!; ¡Aquí soy muerta!

CRISTINA. (Aparte.) ¡Ánimo, señora, que buen corazón quebranta mala ventura!

ESTUDIANTE. Vosotros, mezquinos, que en la carbonera Hallastes amparo a vuestra desgracia, Salid, y en los hombros, con priesa y con gracia, Sacad la canasta de la fiambrera [...]

Hora bien: yo sé cómo me tengo de haber con estos demonicos humanos; quiero entrar allá dentro, y a solas hacer un conjuro tan fuerte, que los haga salir más que de paso; aunque la calidad destos demonios más está en sabellos aconsejar, que en conjurallos.

(Éntrase el ESTUDIANTE.)

PANCRACIO. Yo digo que si este sale con lo que ha dicho, que será la cosa más nueva y más rara que se haya visto en el mundo.

LEONARDA. Sí saldrá, ¿quién lo duda? ¿Pues habíanos de engañar?

CRISTINA. Ruido anda allá dentro; yo apostaré que los saca; pero vee aquí do vuelve con los demonios y el apatusco de la canasta.

(Salen el ESTUDIANTE, el SACRISTÁN y el BARBERO.)

LEONARDA. ¡Jesús! ¡Qué parecidos son los de la carga al sacristán Reponce y al barbero de la plazuela! CRISTINA. Mira, señora, que donde hay demonios no se ha de decir Jesús.

SACRISTÁN. Digan lo que quisieren; que nosotros somos como los perros del herrero, que dormimos al son de las martilladas; ninguna cosa nos espanta ni turba.

LEONARDA. Lléguense a que yo coma de lo que viene de la canasta; no tomen menos.

ESTUDIANTE. Yo haré la salva y comenzaré por el vino. (Bebe.) Bueno es: ¿es de Esquivias, señor sacridiablo?

SACRISTÁN. De Esquivias es, juro a...

ESTUDIANTE. Téngase, por vida suya, y no pase adelante. ¡Amiguito soy yo de diablos juradores! Demonico, demonico, aquí no venimos a hacer pecados mortales, sino a pasar una hora de pasatiempo, y cenar, y irnos con Cristo.

CRISTINA. ¿Y estos, han de cenar con nosotros?

PANCRACIO. Sí, que los diablos no comen.

BARBERO. Sí comen algunos, pero no todos; y nosotros somos de los que comen.

CRISTINA. ¡Ay, señores! Quédense acá los pobres diablos, pues han traído la cena; que sería poca cortesía dejarlos ir muertos de hambre, y parecen diablos muy honrados y muy hombres de bien.

LEONARDA. Como no nos espanten, y si mi marido gusta, quédense en buen hora.

PANCRACIO. Queden; que quiero ver lo que nunca he visto.

BARBERO. Nuestro Señor pague a vuesas mercedes la buena obra, señores míos.

CRISTINA. ¡Ay, qué bien criados, qué corteses! Nunca medre yo, si todos los diablos son como estos, si no han de ser mis amigos de aquí adelante. [...]

Miguel de Cervantes


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