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El teatro romántico

-El teatro es uno de los géneros preferidos por los románticos, ya que se presta bien a reflejar su visión de la vida como conflicto y su mundo de sentimientos y pasiones. Los grandes dramaturgos románticos son el duque de Rivas y José Zorrilla.

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El teatro romántico


 
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Don Álvaro y don Juan Tenorio

Don Álvaro y don Juan viven aventuras similares: ambos aman a una joven a quien pretenden raptar. Sin embargo, la intención de vivir con ellas su amor se fr...

Como ocurre con otros géneros, el teatro romántico surge con fuerza en España en la década de los años treinta, tras la muerte de Fernando VII.

Los temas predilectos son el amor trágico en abierto conflicto con las convenciones sociales, la lucha del individuo por la libertad y la fuerza del destino.

Los personajes suelen distinguirse por varios aspectos:

  • En su actitud se muestran valientes, rebeldes o incluso arrogantes frente a una realidad que se opone a sus deseos: se enfrentan con las barreras que su destino les impone.
  • Psicológicamente, carecen de equilibrio y se guían por las pasiones.
  • Los protagonistas suelen ser extraños y misteriosos. Muchos aparecen marcados por un sino trágico que les aboca a la catástrofe final.

Se prefieren los ambientes lúgubres y retirados, y las acotaciones cuidan especialmente la ambientación y los efectos escénicos.

La finalidad del teatro es fundamentalmente emocional: busca conmover e impresionar al espectador.

Se proclama la libertad creadora: se mezcla lo trágico con lo cómico, lo dramático con lo lírico o la prosa con el verso. Tampoco se respetan las unidades de lugar, tiempo y acción, y la trama se suele distribuir en cinco actos.

Los principales dramaturgos románticos fueron el duque de Rivas y José Zorrilla. Junto a ellos cabe destacar a Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), que escribió La conjuración de Venecia; a Antonio García Gutiérrez (1813-1884), autor de El trovador, y a Juan Eugenio de Hartzenbuch (1806-1880), creador de Los amantes de Teruel.

Ángel de Saavedra, duque de Rivas (Córdoba 1791-Madrid 1865), sufrió persecución por sus ideas liberales y tuvo que exiliarse a Londres, donde entró en contacto con la poesía romántica inglesa. Tras su regreso a España, evolucionó hacia posturas más conservadoras. Fue ministro de la Gobernación en 1836 y director de la Real Academia Española. La obra literaria del duque de Rivas comprende diversas leyendas en verso, algunos romances extensos y varias obras teatrales, entre las que destaca Don Álvaro o la fuerza del sino; su estreno, en 1835, supuso un enorme revuelo y marcó el verdadero triunfo del Romanticismo en España.

La obra rompe con las reglas neoclásicas y ejemplifica el prototipo de drama romántico: la acción se desarrolla en Italia y en España, pasan varios años, mezcla lo trágico con lo cómico, combina la prosa con el verso, tiene cinco actos, hay escenas sobrecogedoras y su estilo retórico transmite vehemencia y apasionamiento.

El personaje central de Don Álvaro o la fuerza del sino encarna al héroe romántico, víctima del destino y del rechazo de la sociedad. Ninguna de sus acciones evita su desgracia: huye continuamente, pero el código del honor y un hado cruel e implacable le persiguen e imposibilitan su felicidad. De esta forma, el suicidio desesperado de don Álvaro es ante todo un acto de rebeldía, la última manifestación de la libertad individual del personaje.

José Zorrilla escribió diversos poemas narrativos y varias piezas dramáticas, entre las que destaca Don Juan Tenorio, de 1844, obra que tradicionalmente se representa en torno al día de difuntos (2 de noviembre).

En cuanto a la estructura, Don Juan Tenorio rompe con las reglas de las tres unidades. La obra está caracterizada por una abundante cantidad de actos, que aparecen titulados. Su estructura externa, dividida en dos partes, presenta un desequilibrio con respecto a la extensión de cada una de ellas. Sin embargo, Zorrilla lo compensa mediante la condensación dramática, lograda gracias a la reducción progresiva del número de escenas de cada acto.

La primera parte desarrolla una aventura amorosa y humana, mientras que la segunda se centra en el episodio sobrenatural y religioso. Así, la obra abre progresivamente el paso hacia la reflexión.

Asimismo, entre ambas partes, desarrolladas cada una en una noche, existe una diferencia temporal de cinco años. La obra, guiada por la añoranza del pasado propia del Romanticismo tradicional, se sitúa en la España de Carlos V. También abundan los cambios espaciales.

Respecto a los temas y al conflicto establecido entre los personajes, Zorrilla retoma el mito de don Juan presente en El burlador de Sevilla: un joven amoral y libertino que seduce a una o varias mujeres y finalmente vive un encuentro sobrenatural que desencadena en el último momento su salvación o su condena eterna. A diferencia de la obra barroca, el drama de Zorrilla se centra en una sola aventura amorosa y presenta un protagonista que se arrepiente y logra la salvación por medio del amor.

Además, el autor crea un nuevo antagonista, don Luis Mejía, a quien don Juan termina matando. Este personaje se ha visto como una representación del pecado de don Juan. De este modo, su muerte significa también el fin de su vida pasada.

Doña Inés, personaje opuesto a don Juan, ejemplifica la virtud y la inocencia que acaban por doblegar la maldad del protagonista. Doña Inés se encuentra próxima a la divinidad; es un «ángel de amor» que actúa como mediador entre el mundo y Dios. En ella, el autor representa la creencia en la salvación del ser humano y refleja la importancia que la bondad y la fe tienen para serenar la inquietud propia del espíritu romántico.

El tradicionalismo de Zorrilla presenta en la figura de doña Inés un ideal que se percibe posible: el amor verdadero, íntimamente relacionado con el amor a Dios, ennoblece y redime al hombre.

El drama de corte romántico es el que predomina en la primera mitad de la centuria. Sin embargo, durante esta época alcanzan éxito también las obras de otros autores, como Ventura de la Vega, con quien comienza lo que posteriormente se conocerá como alta comedia, o Bretón de los Herreros. Este, aunque refleja algunos de los tópicos románticos, sigue la estela didáctica del teatro de Moratín con obras cómicas como Muérete y verás, donde aboga por un cambio social. En ella, el autor emplea el humor como medio para realizar una crítica sobre la hipocresía que se asemeja a la de Larra.


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