Poema de Las flores del mal, de Baudelaire.
Los amantes ardientes y los sabios austeros
aman igualmente, en su edad madura,
los gatos poderosos y dulces, orgullo del hogar,
que como ellos son frioleros, y como ellos, sedentarios.
Amigos de la ciencia y el placer
buscan el silencio y el horror de las tinieblas;
el Erebo los habría tomado como mensajeros fúnebres
si pudieran inclinar su orgullo a la servidumbre.
Cuando sueñan adoptan nobles actitudes
de grandes esfinges tendidas en el fondo de las soledades,
que parecen dormirse en un sueño sin fin.
Sus espaldas fecundas están llenas de mágicas chispas
y de partículas de oro, como fina arena,
chispean vagamente sus místicas pupilas.