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Naná, Émile Zola

Presentación de Naná en la alta sociedad

La protagonista forma parte de la saga familiar de los Rougon-Macquart, a la que Zola dedica un ciclo de novelas, y ya había aparecido de niña y adolescente en la novela La taberna, como hija de la pareja protagonista. Naná comienza en un teatro, donde debuta como actriz con el papel de Venus. No es buena intérprete, pero desprende una atracción sexual que conmociona a los espectadores masculinos, que han ido al teatro expectantes por conocerla:


Algunas manos batieron palmas, todos los gemelos estaban fijos en Venus. Paulatinamente, Naná se había ido enseñoreando del público, y en aquel momento todos los hombres sufrían su dominación. El vaho que ella exhalaba, como el de un animal en celo, se había ido extendiendo y llenaba la sala. En aquel instante, todos sus movimientos infundían deseo, un solo gesto de su meñique bastaba para enardecer la carne. Las espaldas se curvaban, vibrando, como si invisibles arcos de violín se pasasen por sus músculos; en las nucas se divisaban pelillos que volaban, movidos por tibios y errantes alientos, venidos de quién sabe qué boca de mujer. Fauchery veía enfrente de sí al colegial escapado, a quien la pasión levantaba de la butaca. Tuvo la curiosidad de mirar al conde Vandeneuvres y le vio muy pálido mordiéndose los labios; a Steiner, cuyo rostro apoplético estaba a punto de estallar; a Labordette, que asentaba los gemelos con aire sorprendido de chalán que admira una yegua perfecta […]. La sala entera vacilaba, atacada de vértigo, fatigada y excitada, presa de esos deseos adormecidos de medianoche que balbucean en el fondo de las alcobas. Y Naná, en presencia de aquel público subyugado, de aquellos mil quinientos espectadores hacinados, anegados en el abatimiento y en el desorden nervioso de un final de espectáculo, permanecía victoriosa con su carne de mármol, y con su sexo, lo suficientemente poderoso para destruir a todo ese público sin sentirse ni rozado por él.

Éxito de Naná

Tras ser conocida en la alta sociedad, Naná comienza a ejercer de cortesana y a tener amantes, y vive cómodamente en una buena casa. Uno de los amantes es Muffat, un adinerado conde casado con Sabine.

La degradación moral de la burguesía la refleja Zola a través de este matrimonio: mientras Muffat tiene relaciones con una cortesana, su mujer le es infiel con otro hombre. Además, Naná está encaprichada de un actor, lo cual hiere a Muffat cuando los sorprende:


–¡Miradle! –dijo al mostrarle, con un gesto de actriz trágica.

Muffat, que lo había aceptado todo, se indignó ante esta afrenta.

–¡So puta! –tartamudeó.

Pero Naná, ya en la alcoba, volvió sobre sus pasos, para decir la última palabra:

–Puta, ¿de qué? ¿Y tu mujer?

Y al irse, cerrando la puerta de un golpazo, corrió ruidosamente el cerrojo. Los dos hombres, ya solos, se miraron en silencio. Zoé acababa de entrar. Pero no los atropelló; les habló de una manera muy razonable. Como persona sensata, le parecía un poco subido el numerito de la señora. Sin embargo, la defendía: el capricho por el comiquillo no duraría mucho; había que dejarle pasar aquel frenesí. Los dos hombres se retiraron. No habían pronunciado una palabra. En la acera, conmovidos por cierta fraternidad, cambiaron un silencioso apretón de manos y, volviéndose la espalda, se alejaron cada uno por su lado.

Cuando Muffat entró, por fin, en su palacio de la calle de Miromesnil, su mujer llegaba, precisamente. Los dos se encontraron en la vasta escalera, cuyas sombrías paredes dejaban caer un helado escalofrío. El conde tenía aún su traje lleno de lodo y la azorada palidez de hombre que sale de los brazos del vicio. La condesa, como molida por la noche de ferrocarril, se dormía de pie, despeinada y ojerosa.

Caída y resurgimiento de Naná

Tras despreciar Naná a dos de sus amantes que más dinero le dan, vuelve al barrio de Montmartre a ejercer la prostitución callejera, como en sus principios, y coge un pisito allí. Poco después hace las paces con Muffat, quien incluso le promete un palacete. Naná alcanza la cumbre del éxito que tanto ha anhelado:


Así pues, Naná se convirtió en mujer elegante, rentista de la necesidad y de la inmundicia de los hombres, marquesa de las más encopetadas aceras. Fue un lanzamiento brusco y definitivo, una ascensión de la celebridad de la galantería, en las descaradas locuras del dinero y las audacias en que despilfarraba la belleza. Inmediatamente reinó entre las más caras. Sus fotografías se exhibían en los escaparates, y se la citaba en los periódicos. Cuando pasaba en coche por los bulevares, la muchedumbre volvía la cabeza y la nombraba con la emoción de un pueblo que saluda a una soberana; mientras que, familiarmente reclinada en sus flotantes atavíos, sonreía con cara alegre bajo la lluvia de ricitos rubios que anegaban el cerco azul de sus ojos y el rojo pintado de sus labios. Y lo prodigioso fue que esa robusta muchacha, tan torpe en la escena, tan chusca cuando quería hacer de mujer honrada, representaba a la maravilla fuera del teatro los papeles de dama encantadora, sin esfuerzo alguno. Sus bazas eran ondulaciones de culebra, un abandono en el vestir, calculado y como voluntario, de exquisita elegancia, una distinción nerviosa de gata de raza, una aristocracia del vicio, soberbia rebelde: y con ello ponía el pie sobre París, como dueña omnipotente. Daba el tono de la moda, y las grandes damas la imitaban.

Muerte de Naná

La vida de éxito y lujos de Naná tiene consecuencias negativas entre la sociedad que la rodea: el declive social del conde Muffat, la ruina del banquero Steiner y la muerte de varios amantes. Naná decide desaparecer por una temporada de París. Tras un tiempo, vuelve a París a morir: ha contraído la viruela.

Su muerte coincide con la declaración de guerra a Alemania: una multitud de gente grita enfervorecida por las calles. La guerra tendrá como consecuencia la derrota y el fin del imperio de Napoleón III. Y es que el autor hace un paralelismo entre la decadencia que representa Naná y la decadencia de la sociedad de su época:


Y los dos la admiraban en silencioso recogimiento, mientras ella acababa de abrocharse los guantes. Naná era la única que permanecía en pie, en medio de las riquezas atesoradas en su palacete, sobre un montón de hombres abatidos a sus pies. Al igual que aquellos monstruos antiguos, cuyos temidos dominios estaban cubiertos de osamentas, ella asentaba sus plantas sobre cráneos; y la rodeaban catástrofes: la hoguera furiosa de Vandeuvres, la melancolía de Fourcarmont, perdido en los mares de China; el desastre de Steiner, reducido a vivir como hombre honrado; la imbecilidad satisfecha de La Faloise; el derrumbe de los Muffat, y el pálido cadáver de Georges, velado por Philippe, que había salido de la cárcel el día anterior. Su obra de ruina y muerte estaba consumada, la mosca escapada de la basura de los arrabales, llevando el fermento de la podredumbre social, había envenenado a aquellos hombres solo con posarse sobre ellos. Eso era bueno, era justo; había vengado a los suyos, los menesterosos y los desheredados. Y mientras que, en una apoteosis, su sexo ascendía y resplandecía sobre las víctimas tendidas, como un sol naciente que ilumina un campo de batalla, la joven conservaba su inconsciencia de bestia formidable, ignorante de su obra, ¡buena chica siempre!


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