Tras mucho tiempo de navegación por los océanos, en el que algunos tripulantes se plantean el sentido de la ciega obcecación de Ahab.
–Hacia ti bogo, ballena omnidestructora pero invencible, al fin lucho contigo; desde el corazón del infierno te hiero, por odio te escupo mi último aliento. ¡Húndanse todos los ataúdes y todos los coches fúnebres en un charco común! Y puesto que ninguno ha de ser para mí, ¡vaya yo a remolque en trozos, sin dejar de perseguirte, aunque atado a ti, ballena maldita! ¡Así entrego la lanza!
Se disparó el arpón: la ballena herida voló hacia delante; con velocidad inflamadora, la estacha corrió por el surco y se enredó. Ahab se agachó para desenredarla, y lo logró, pero el lazo al vuelo le dio vuelta al cuello y, sin voz, igual que los silenciosos turcos estrangulan a sus víctimas, salió disparado de la lancha, antes que los tripulantes supieran que se había ido. Un momento después, la pesada gaza en el extremo final de la estacha salía volando de la tina vacía, derribaba a un remero, e, hiriendo el mar, desaparecía en sus profundidades. Por un momento, los pasmados tripulantes de la lancha quedaron inmóviles, y luego se volvieron:
–¿Y el barco? ¡Gran Dios! ¿Dónde está el barco?
Pronto, a través de una confusa y enloquecedora niebla
vieron su escorado fantasma que se desvanecía, como
en la gaseosa fata morgana, solo con los extremos de los
mástiles fuera del agua, mientras, clavados por infatuación,
o fidelidad, o fatalidad, a sus nidos antes elevados,
los arponeros paganos seguían manteniendo sus
vigilancias, sumergiéndose, sobre el mar. Y entonces,
círculos concéntricos envolvieron a la propia lancha
solitaria, y a todos sus tripulantes, y a todo remo flotante,
y a toda asta de lanza; y haciendo girar todo, con cosas
animadas e inanimadas, alrededor de un solo torbellino,
se llevaron de la vista hasta la más pequeña astilla
del Pequod.