Este es el nombre de la localidad costera adonde el narrador de la historia, Ismael, un joven marinero, va desde su ciudad natal para embarcar.
Y así esos desnudos hombres de Nantucket, esos ermitaños marinos, saliendo de su hormiguero en el mar, han invadido y conquistado el mundo acuático como otros tantos Alejandros, repartiéndose entre ellos los océanos Atlántico, Pacífico e Índico, como las tres potencias piratas lo hicieron con Polonia. Ya puede América añadir México a Texas, y apilar Cuba sobre Panamá; ya pueden los ingleses irrumpir por toda la India, y ondear su refulgente bandera sobre el sol: dos tercios de este globo terráqueo son de los de Nantucket. Pues el mar es suyo, ellos lo poseen, como los emperadores sus imperios, y los demás navegantes solo tienen derecho de tránsito por él. […]
Solo el hombre de Nantucket reside y se agita en el mar;
solo él, en lenguaje bíblico, sale al mar en barcos, arándolo
de un lado para otro como su propia plantación particular.
Allí está su hogar: allí están sus asuntos, que un diluvio
de Noé no interrumpiría, aunque abrumase a todos
los millones de chinos. Vive en el mar como los gallos
silvestres en el prado; se esconde entre las olas y trepa
por ellas como los cazadores de gamuzas trepan por
los Alpes. Durante años no conoce la tierra, de modo
que cuando llega a ella por fin le huele como otro mundo,
más extrañamente que la luna a un terráqueo.