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Sorel y Matilde, enamorados

La pasión amorosa se desata entre los dos jóvenes.

–Quiero escribir a mi padre –le dijo un día Matilde–. Para mí, más que un padre es un amigo; como tal, me parecería indigno de ti y de mí que le engañásemos, aunque solo fuera un instante.

–¡Dios santo! ¿Qué vas a hacer? –exclamó Julián aterrado.

–Lo que es mi deber –respondió ella con los ojos brillantes de alegría.

Matilde se sentía más magnánima que su amante.

–Pero me echará ignominiosamente.

–Está en su derecho y hay que respetarlo. Yo te daré el brazo y saldremos por la puerta principal a la luz del día.

Julián, aturdido, le rogó que esperara una semana.

–No puedo –respondió ella–. El honor manda. Sé cuál es mi deber y quiero cumplirlo sin demora.

–Pues bien, te ordeno que retrases tus planes –dijo por fin Julián–. Tu honor está a salvo; yo soy tu esposo. La situación de ambos va a cambiar con este paso decisivo. Yo también estoy en mi derecho. Hoy es martes; el martes próximo es el día de la recepción del duque de Retz; por la noche, cuando M. de La Mole regrese a casa, el portero le entregará la carta fatal… Él solo piensa en hacerte duquesa, estoy seguro; ¡imagina su dolor!

–Querrás decir, imagina su venganza.

–Puedo sentir lástima por mi bienhechor, estar desolado por hacerle daño, pero no temo ni temeré nunca a nadie.

Matilde se sometió. Desde que había anunciado a Julián su nuevo estado, era la primera vez que él hablaba con autoridad; jamás la había amado tanto. La parte sensible de su alma se aferraba con alegría al pretexto del estado en que se hallaba Matilde para dispensarse de dirigirle palabras crueles. La confesión a M. de La Mole lo inquietó profundamente. ¿Le separarían de Matilde? Y por mucho que fuese el dolor de ella al verle partir, ¿seguiría pensando en él al cabo de un mes de separación?

Casi igual era el horror que sentía pensando en los justos reproches que podría dirigirle el marqués. Por la noche confesó a Matilde este segundo motivo de pesar, y luego, extraviado por su amor, le confesó también el primero.

Ella cambió de color.


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