El marqués se enfurece terriblemente al saber las noticias. Pide a los amantes que se vayan de casa, para lo cual les da una suma de dinero.
Llegó a Verrières un domingo por la mañana. Entró en casa del armero del pueblo, que le abrumó de felicitaciones por su reciente fortuna: no se hablaba de otra cosa en la comarca.
A Julián le costaba mucho trabajo hacerle comprender que quería un par de pistolas. El armero las cargó, obedeciendo sus órdenes.
Estaban dando el tercer toque: es una señal muy conocida en los pueblos de Francia, que, después de las diversas campanadas de la mañana, anuncia el comienzo inmediato de la misa.
Julián entró en la iglesia nueva de Verrières. Todas las ventanas altas del edificio estaban cubiertas con cortinas carmesí. Julián se encontró unos pasos detrás del banco de Mme. de Rênal. Le pareció que oraba con fervor. Al mirar a aquella mujer que tanto le había amado, el brazo de Julián comenzó a temblar de tal forma que, en un principio, le fue imposible consumar su propósito.
«No puedo –se decía a sí mismo–; físicamente, no puedo.»
En aquel momento, el joven clérigo que ayudaba a misa
tocó anunciando la consagración. Mme. de Rênal bajó la
cabeza, que por un momento permaneció casi
enteramente oculta entre los pliegues de su chal. Julián ya
no la reconocía tan bien. Disparó y no hizo blanco. Hizo
un segundo disparo y Mme. de Rênal cayó al suelo.