Texto del que fuera patriarca de Constatinopla, a mediados del s. IX, quien defendió la relevancia de su ciudad frente a la de Roma.
«La sede episcopal de la antigua Roma ha recibido la supremacía sobre todas las demás. Ello es justo porque se trata de la ciudad imperial. Pero, de la misma forma, los ciento cincuenta obispos han acordado que el muy santo trono de la nueva Roma, es decir, Constantinopla, tenga los mismos honores. Esto se ha juzgado como razonable, puesto que la ciudad está honrada con la presencia del gobierno imperial y el senado. Por tanto, debe gozar de los mismos honores que la antigua ciudad imperial de Roma, y debe ser exaltada como ella en el conjunto de la iglesia, conservando en todo la segunda plaza.»